Los chilenos tenemos una extraña complexión a tratar de saber como nos miran en el mundo, que es lo que piensan de nosotros afuera. Ahora puede ser el caso relevante, con la elección de Sebastián Piñera y el arribo al gobierno de la derecha, el mundo ha fijado sus ojos en nuestro país.
Pero, ¿qué es lo que les preocupa en el exterior? En resumidas cuentas, que el nuevo gobierno que llegará a La Moneda no cambie el rumbo tan drásticamente del país, si la derecha llega al poder no barra con las políticas económicas y –aunque mínimas-, las políticas sociales que han reducido la pobreza, políticas que fueron impulsadas por los gobiernos de la Concertación.
En el extranjero y estando fuera de Chile, se puede constatar que económicamente Chile ha dado un salto cuantitativo en estos últimos años, hecho que sería inevitable nombrarlo. Muchos europeos mencionan que nuestro país es la puerta de entrada a Latinoamérica porque no les reporta un choque cultural ni social al llegar, con la realidad que se vive en sus países. Para muchos extranjeros es resaltable el crecimiento económico y la estabilidad democrática que ha alcanzado el país durante estos veinte años de gobiernos de la Concertación y que esperan siga de la misma forma bajo un gobierno de derecha.
Pero si bien muchos extranjeros alaban la economía chilena, también los hay quienes logran mirar bajo el agua y ver la realidad que se esconde muchas veces bajo el manto de „país ejemplar“. Frente a esto, se pone en evidencia que el crecimiento económico chileno se ha dado en base a una luciferina distribución del ingreso, que coarta las posibilidades de las personas pobres de acceder a los beneficios de la riqueza del país.
Y así suma y sigue, por ejemplo, con la calidad de la educación o la cultura cívica que demuestra nuestro país. Esto último parece sorprendente, pero a muchos países extranjeros les llama la atención que no se hayan borrado del mapa político los partidarios de la dictadura militar y los propiamente tal pinochetistas, ya que saben que esas personas estuvieron a cargo de una de las dictaduras más cuentas y desiguales. A un extranjero le llama la atención mencionar que en Chile aún existe la constitución instaurada por Pinochet durante la dictadura o que no existan leyes simbólicas que prohíban la participación en política de quienes tuvieron parte de la dictadura y junto con prescribir cualquier símbolo que haga mención honrosa de Pinochet y su gobierno. En este sentido, los extranjeros miran asombrados la realidad chilena y no queda forma de explicarles por qué se ha dado de esa forma.
Para el caso particular de los europeos, ellos sienten que su estado de bienestar que lograron construir luego del fin de la Segunda Guerra Mundial y muchos de sus libertades civiles y sociales, son un orgullo. Para ellos, un estado social es inalienable de la sociedad y de las personas y les pertenece a todos. Más que pretender que Chile se transforme en un país europeo, como lo han soñado todos los partidarios del desarrollo económico, desde los „civilizadores contra la barbarie“ del siglo XIX, hasta los economistas liberales y políticos apegados a los derechos de las libertades civiles, es que en Chile debemos aprender de Europa, que la riqueza debe alcanzar para todos, no es posible alimentar un crecimiento económico con la enorme desigualdad social que existe en el país, y eso fue lo que muchos europeos luego del desastre de la guerra se dieron cuenta, que de nada sirve una economía si no les pertenece a todos y los beneficios no alcanzan a todos.
Chile ya ha alcanzado altos estándares económicos que lo hacen ser un ejemplo dentro de la región, pero debemos avanzar en que estos beneficios que trae la economía sean repartidos justamente y que llegan a una gran cantidad de la población que sólo puede añorar ser parte de este Chile rico.
Intentar llegar a los niveles de vida europeos es inverosímil, pero pensar en que podemos lograr un estado que resguarde y sea e ente regulador de que miles de personas accedan a los beneficios económicos es un desafío que tenemos por delante. No basta con darles más oportunidades a las personas como lo estiman los pensadores liberales asumidos de la escuela de Chicago y como bien ha manifestado el presidente electo, porque ante esto queda plantearse que sucede cuando esas posibilidades individuales fracasan, que sucede cuando la educación no logra cumplir con el cometido de insertarnos en el mundo laboral, qué sucede cuando nos vemos enfrentados a una enfermedad o un accidente que nos imposibilite desempeñarnos en la vida. Es en estas situaciones en que se espera que el estado actúe como el ente garante de una seguridad que nos permita manejar de mejor forma los infortunios de la sociedad o de la vida. Es el estado quien debe ser el engranaje que incluya a las personas a los beneficios de la economía y vele porque las personas puedan desarrollarse plenamente dentro de la sociedad. Es el estado el ente articulador del desarrollo, pero debemos pensar no ya en el desarrollo macroeconómico, sino en que este desarrollo comience a llegar realmente a las personas que no tienen los medios ni las capacidades para hacerlo, y también para quienes se han visto impedidos de participar en la economía, como los son los viejos, los niños y niñas, y los discapacitados.
Desde ahora, la única forma de salir al mundo es dar la cara y solucionar los problemas que nos han afectado, porque como país ya no vivimos en la miseria es que podemos exigir un estado que nos provea de beneficios y de libertades sociales y civiles, que mejores la vida de las personas. Y lo tenemos que hacer no para destacar en el mundo, sino para nosotros mismos sentirnos orgullosos de nuestro país y de una sociedad en que las personas se sienten seguras e integradas en el desarrollo económico y los beneficios que eso acarrea.
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